Acogida y espiritualidad
- Iria Gálvez Trigo
- 6 feb 2020
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 11 may 2020
Hoy ha sido el cumpleaños de la misma niña que me hizo el dibujo ayer, y como yo ya lo sabía porque ella misma me lo dijo, he decidido hacerle otro dibujo yo a ella. De pocos días la conozco, pero son suficientes como para haberme percatado de que es de esas personas a las que, al igual que a mí, les encantan los animales de todo tipo. Es por ello que le he regalado un pequeño dibujo de un león hecho con lápices acuarelables. La niña lo ha recibido con gran ilusión, y mi tutor de centro, al enterarse de que ayer fue mi cumpleaños y saber que el de ella era hoy, nos ha hecho a ambas subirnos a una silla para que todos nos cantasen el “cumpleaños feliz”. Aprecio mucho el ambiente tan familiar que hay en la clase y el recibimiento tan cercano y afectuoso que se me está haciendo. Me siento ya como una más en el aula y además me gusta mucho como el tutor trata a los niños y les educa como si la clase fuese una gran familia.
Hoy han asistido a demás por turnos (1º una mitad de la clase y luego la otra) a una sesión de lo que en el colegio en el que estoy llaman “oratorio”. Al parecer realizan una pequeña oración en una modesta capilla en la que los niños aprenden a estar relajados, meditar y comunicarse con Dios. A pesar de que mi opinión pueda despertar controversias, he de decir que veo esta actividad muy adecuada, pues se fomenta en ellos la exploración y descubrimiento de su faceta interna espiritual, se les ayuda a relajarse, a desconectar y a conocer unas pautas seguidas en el rito cristiano para orar. Es decir, conlleva un enriquecimiento espiritual y al mismo tiempo cultural por medio de la acción práctica, que siempre es más significativa. Así mismo se les ayuda a activar unas conexiones neuronales vinculadas al lóbulo frontal, el cual es de gran importancia y está demostrado que se desarrolla con la meditación.
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